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lunes, 29 de agosto de 2016

Katherine Mansfield "Diario"

 
No hay límite para el sufrimiento humano. Cuando uno piensa:”Ahora he tocado el fondo del mar… ya no puedo ir más abajo”, uno se hunde más Y así es para siempre. El año pasado en Italia pensé: La mínima sombra más y sería la muerte. ¡Pero este año ha sido tanto más terrible que pienso en la Casetta con afecto! El sufrimiento es infinito, es la eternidad. Un remordimiento es el tormento eterno.
El sufrimiento físico es… juego de niños ¡Tener el pecho aplastado por una gran piedra… uno podría reírse! No quiero morir sin dejar asentada mi convicción de que el sufrimiento pueda superarse. Porque de verdad lo creo. ¿Qué se debe hacer? No tiene sentido lo que se denomina “ir más allá del dolor”. Eso es falso. Uno debe rendirse. No resistirse. Aceptarlo. Dejarse abrumar. Aceptarlo por completo. Convertirlo en parte de la vida. Todo lo que realmente aceptamos de la vida sufre un cambio.

Así, el sufrimiento debe convertirse en Amor. Este es el misterio. Eso es lo que debo hacer. Debo pasar del amor personal al amor más grande. Debo darle a la totalidad de la vida lo que le di a uno. La presente agonía pasará… si no mata. No durará. Ahora soy como un hombre a quien le han arrancado el corazón… pero… ¡hay que soportarlo… hay que soportarlo! Tanto en el mundo físico como en el espiritual, el dolor no dura para siempre. Sólo que es tan agudo ahora. Es como si hubiera ocurrido un espantoso accidente.

Si puedo dejar de revivir toda la conmoción y el horror del dolor, si ceso de recordarlo, me pondré más fuerte. Aquí, por una extraña razón, surge la figura del doctor Sorapure. El era un buen hombre. Me ayudaba no sólo a soportar el dolor, sino que sugería que quizá la enfermedad física sea necesaria, sea un proceso reparador, y siempre me decía que consideraba cómo el hombre solo desempeñaba sólo una parte en la historia del mundo. Mi dolor simple y amable era puro de corazón, como Chéjov.

Pero para estas enfermedades uno es el propio médico. Si el “sufrimiento” no es un proceso reparador, yo lo convertiré en tal. Aprenderé la lección que enseña. Estas no son palabras vanas. Estos no son los consuelos del enfermo.

La vida es un misterio. El dolor que atemoriza se atenuará. Debo dedicarme a mi trabajo. Debo poner mi agonía en algo, cambiarla. “La pena se convertirá en alegría”. Es perderse de manera más total, amar más profundamente, sentirse parte de la vida, no separado. ¡Oh, Vida! Acéptame… hazme digna… enséñame.

Escribo eso. Levanto la vista. Las hojas se mueven en el jardín, el cielo está pálido, y me sorprendo a mí misma llorando. Es duro… es duro hacer una buena muerte… "

Cuando el diario de Katherine Mansfield se publicó por primera vez en 1927, Dorothy Parker, que firmó la reseña para The New Yorker, acabó su artículo diciendo: «Lo que leemos es tan íntimo que casi me siento culpable de haber transitado por estas páginas. Es un libro magnífico, pero creo que solo los grandes y tristes ojos de Katherine hubieran debido leer estas palabras».

En efecto, el diario de Katherine Mansfield no es tal; la autora no lo escribió con esta intención, pero su marido, John M. Murry, que además fue su editor, al morir ella, en 1923, se dedicó a rescatar todos los documentos inéditos que Katherine había dejado desde 1914 hasta tres meses antes de su muerte -fragmentos de ficción, pequeñas notas personales, incluso los papeles donde Katherine apuntaba las cuentas domésticas- y construyó con ellos este magnífico testimonio, que muestra las emociones y pensamientos más íntimos de la autora, su manera de trabajar y su amor por la vida.

Lleno de agudezas, cargado de ternura y de sentido del humor, este diario es un documento importante para entender el espíritu de las mujeres en el siglo XX. Quizá por eso, Irène Némirovsky, autora de Suite francesa, anotó en su propio diario estas palabras el día antes de ser arrestada:

«Estoy rodeada de agujas de pino, sentada encima de mi cárdigan azul en medio de un océano de hojas... En el bolso llevo el segundo volumen de Ana Karenina, el Diario de Katherine Mansfield y una naranja»

(Kathleen Beauchamp. Narradora neozelandesa que cultivó la novela corta y el cuento breve, convirtiéndose en una de las autoras más representativas del género. A pesar de pertenecer cronológicamente al grupo constituido por autores como James Joyce, D. H. Lawrence, Virginia Woolf y E. M. Forster, quienes liquidaron el conformismo victoriano sobre las pautas trazadas por el Lord Jim de Joseph Conrad, Mansfield representa un caso aparte en la literatura anglosajona de la época, pues, de forma análoga a la del ruso Antón Chéjov, supo captar la sutileza del comportamiento humano.

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