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viernes, 5 de agosto de 2016

Miguel Hernández "El rayo que no cesa" 1936

Durante todo el desarrollo del poema se habla del amor no correspondido del autor, es el único tema que aborda la obra, y lo que hace el narrador es ir detallando esa situación, metafóricamente, usando símbolos que representan este amor no correspondido.
En la primera estrofa, el narrador se pregunta de manera metafórica que cuándo dejará de pensar en ese amor no correspondido, que según el lo invade hasta lo más profundo de su ser.

En la segunda estrofa, dice prácticamente lo mismo, también en forma de pregunta, sólo que dice que ese amor le hace daño al corazón, lo que expresa mediante símbolos.

En la tercera estrofa, describe ese amor, que representa con el rayo, dice que no se acaba, y que nació en él
(el narrador) y se manifiesta, por así decirlo, en él también.

En la cuarta estrofa dice lo mismo que en la tercera, únicamente usa diferentes expresiones.

El único personaje que aparece en el poema es el narrador, que es el protagonista, y reflexiona acerca de cuando dejará de pensar en ese amor no correspondido del que habla durante toda la obra.

No se hace ninguna referencia al tiempo interno del poema, y el externo sería 1936, cuando Miguel Hernández escribe sus primeras obras, y aparte sería el comienzo de la Guerra Civil.

La ambientación física no queda definida en el poema, ni juega un papel relevante en la obra, al tratarse de una reflexión del autor, sin embargo, si se puede determinar claramente la angustia del narrador, ya que se
queja durante todo el poema de ese amor no correspondido.

El narrador es subjetivo, es decir, habla en primera persona, y expresa su opinión y lo que piensa durante el desarrollo del poema.


1

Un carnívoro cuchillo
de ala dulce y homicida
sostiene un vuelo y un brillo
alrededor de mi vida.

Rayo de metal crispado
fulgentemente caído,
picotea mi costado
y hace en él un triste nido.

Mi sien, florido balcón
de mis edades tempranas,
negra está, y mi corazón,
y mi corazón con canas.

Tal es la mala virtud
del rayo que me rodea,
que voy a mi juventud
como la luna a mi aldea.

Recojo con las pestañas
sal del alma y sal del ojo
y flores de telarañas
de mis tristezas recojo.

¿A dónde iré que no vaya
mi perdición a buscar?
Tu destino es de la playa
y mi vocación del mar.

Descansar de esta labor
de huracán, amor o infierno
no es posible, y el dolor
me hará a mi pesar eterno.

Pero al fin podré vencerte,
ave y rayo secular,
corazón, que de la muerte
nadie ha de hacerme dudar.

Sigue, pues, sigue cuchillo,
volando, hiriendo. Algún día
se pondrá el tiempo amarillo
sobre mi fotografía.

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