miércoles, 7 de septiembre de 2016

Camilo José Cela " La rosa"

Pío Baroja inició la redacción de sus memorias, Desde la última vuelta del camino, a comienzos de 1941. El 29 de octubre de 1942 comenzó su publicación en la revista “Semana” y fueron publicadas, ya en forma de libro, en la “Biblioteca Nueva”, en 1944. En el caso de Camilo José Cela, admirador de Baroja, también sus memorias, que inicia con el título general de La cucaña, ven la luz primero en revistas: “Correo literario”, del 1-VI al 15-XI de 1950 y el semanario “Destino”, del 25-IV al 25-VII de 1953 y del 4-I al 6-XII de 1958.
Con el título de La rosa se publicaron en noviembre de 1959 y de forma aparentemente definitiva en la colección áncora y Delfín de la editorial que publicaba la revista en febrero de 1979. Sin embargo, algunas entregas no fueron tampoco incorporadas al libro. Y recuperadas por Juan José Larrotxa, vieron de nuevo la luz en “Ababol”, suplemento del diario murciano “La verdad” (5-IX a 14-XI de 1977).

Han sido añadidas a esta edición, que aparece ya como completa. Los avatares eruditos de tal publicación figuran en una breve “Nota” que introduce la presente edición. ésta, al margen de las incorporaciones (pág. 264 en adelante), no incluye la breve nota que escribiera para la edición de febrero de 1979: “el mismo día que dejé de ser senador”.

Con posterioridad, se publicaron Memorias, entendimientos y voluntades (Plaza & Janés/ Cambio 16) en 1993, donde Cela narra episodios ya madrileños, hasta la publicación de su primera novela. Mantiene aquí, sin las correcciones que apuntó en 1993, el excelente prólogo de la versión primera, donde promete: “Sobre la guerra civil escribiré mi novela, si Dios me da vida, dentro de 15 ó 20 años, una novela sobre la guerra”.

Las diferencias entre Baroja y Cela son abismales. El primero narra desde casi el final de su vida, en tanto que Cela advierte ya en el prólogo: “Cuando estas líneas aparezcan yo acabaré de estrenar los 34 años”. Si Baroja pretende ofrecernos el clima de una época, Cela descubre un estilo, un lenguaje apropiado a las circunstancias de la infancia, apenas idealizada.

La rosa se inicia con su nacimiento en 1916 y alcanza hasta 1923, aunque se mencionen fechas posteriores: “verano del año 39”, por ejemplo. En el género memorialístico los recuerdos de infancia constituyen casi un subgénero que ha sido analizado de forma independiente. Su autor nos ofrece el mundo familiar, anterior y coetáneo, en un medio idílico a mitad de camino entre la verdad fingida de la memoria y la recreación, donde figurarán, además, los compañeros de juegos.

Como en buena parte de las memorias de infancia cobra relevancia el papel de los abuelos. Sus recuerdos serán fruto no sólo de lo vivido, sino también de lo que le fue narrado. Los arropará en un cuidado lenguaje de rasgos líricos, tamizados con rasgos de humor. Y en alguna ocasión con el humor negro que permite despertar al lector acunado por el vaivén de la tan cuidada prosa.

Cuando inició La rosa había delimitado e incluso titulado cada parte o “tranco” de sus memorias. En el prólogo a Memorias, entendimientos... reproduce, no sin nostalgia, el frustrado proyecto. Entendió entonces que, sin embargo, cumplió con el “tranco” correspondiente a la Guerra Civil al dar a la imprenta San Camilo 1936 en 1969: “antes de los plazos que entonces marcaba”.

En La rosa manifiesta con extremada delicadeza los estados de ánimo de un niño. Quizá sería oportuno mencionar aquí que El camino, de Delibes, había sido publicado en la misma colección en 1949, aunque el escritor vallisoletano presentó su libro como novela realista y como tal se ha entendido siempre.

Sin embargo, no sería ocioso plantearse el paralelismo y las distintas soluciones con las que resolverán ambos autores los problemas del narrar desde la perspectiva de un niño en un ámbito rural. Cela, por ejemplo, mimado en el seno de una familia de otro nivel social, de la que se nos ofrecen aquí algunas fotografías familiares de la época, relata, por ejemplo, su primera y única asistencia a la catequesis que compartiría con el resto de los niños del pueblo.

Y ofrece, además, la perspectiva del narrador, ya hombre: “¡Qué extraño mundo el de la catequesis de Iria, con su cura pailán, sus niños como lobeznos, su aire antiguo y una luz tamizada arropando, igual que una bufanda, la rara escena!”.

Pero La rosa, retrato de una Galicia emparentada con la de Valle-Inclán y, en consecuencia, detenida en el tiempo, plantea el hilo conductor de los recuerdos familiares, adornados y plenos de retratos antiguos de parientes más o menos próximos.

Cela elige con frecuencia el diálogo, pleno de vida, para situarnos ante lo inmediato. Recobrar la infancia es retornar al paraíso. Juan Goytisolo escribió una novela sobre los años de la guerra que vivieron los hermanos en Arenys, una población cercana a Barcelona,

Duelo en el paraíso, utilizando la imagen de Vicente Aleixandre. Camilo José Cela, en un tiempo histórico anterior, sin duelos, retornó al paraíso con La rosa. No pretende ser una novela. Tiene de memorias lo que ésta puede retener, más lo que un novelista es capaz de añadirle.

El prólogo a la edición de 1979, que aquí no se ha incluido, finalizaba con una reflexión de nuestro premio Nobel que constituye otra interesante clave: “La historia es un chaparrón mantenido en el que, a veces, se hace una clarita para ver volar los minúsculos y pintados pájaros que no escriben la historia: el verderol, el jilguero, el chamariz y, entre otros de bellísimos nombres y siluetas, el niño que navega, incluso con naturalidad, por las nubes más altas y confusas”. Este niño de las nubes vive en La rosa.

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