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sábado, 3 de septiembre de 2016

Jonathan Franzen "Pureza"

Purity, personaje con el que arranca la historia, es una recién licenciada ahogada por una deuda de 130.000 dólares contraída para pagarse la Universidad, práctica tan extendida entre los estudiantes en EE UU que la cosa ha alcanzado la categoría de debate nacional en una sociedad en la que la desigualdad avanza imparable. Todos la llaman Pip, como al protagonista de Grandes esperanzas, de Charles Dickens, con el que la chica, a la que le ha sido hurtada la identidad del padre, comparte poco más que un borroso pasado y un espinoso porvenir.
Franzen resta a la decisión la carga del homenaje al novelista inglés (“vuelvo más sobre Austen o Dos­toievski que sobre Dickens”) y, por delegación, a la narrativa de corte clásico de la que se ha erigido defensor, sobre todo tras la publicación hace cinco años de Libertad, un novelón que aplicaba técnicas decimonónicas a ansiedades de nuestro siglo.

En su nueva obra ha jugado la baza de la construcción de personajes que tan bien le resultó en sus dos anteriores novelas, hogar (enLibertad) de Patty Berglund, siempre empeñada en hacerse de menos, y el lacónico rockero Richard Katz, o de la memorable y paranoica familia Lambert de Las correcciones

En una trama arabesca y deslocalizada para sus estándares (el lector viaja a Denver, Bolivia y el Berlín Oriental previo a la caída del muro), el escritor nos presenta, entre otros, a Andreas Wolf, disidente por casualidad en los últimos días de la RDA, un hombre obsesionado con las mujeres (o, mejor, con cierta idea de las mujeres) al que el mundo acabará convirtiendo en un filtrador de secretos que dirige a un ejército de voluntarios en The Sunlight Project; una versión “luminosa” de Wikileaks, cuyo fundador, Julian Assange, es despachado en el libro como “un megalomaniaco autista con perturbaciones sexuales”.

[Versión Kindle]

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