miércoles, 11 de enero de 2017

Ricardo Piglia "Antología personal"

¿Cabe al lector fiarse del narrador Ricardo Piglia (Adrogué, Buenos Aires, 1940)? Puede que sí, puesto que el argentino piensa en voz alta sus propias estrategias narrativas mientras las ejecuta, cruzando crítica y ficción con una elegancia notable; pero también puede que no, puesto que al descifrar su narrativa, su particular idea de lo literario, esto es lo que nos dice Piglia: es usted (lector, crítico) un detective, y yo (el escritor) soy también un investigador, pero puede que además sea el criminal moviendo los hilos al fondo de esta historia.
¿Qué puede investigar un narrador cuando practica su oficio? El lenguaje, la memoria que se inserta en la tradición, las formas de narrar y la conciencia de que se está narrando. ¿Y qué delito puede cometer, qué “leve desvío personal de la ley” puede tomar? Esa es una pregunta de más difícil respuesta, y el mismo escritor aparece en las páginas de Piglia como alguien que organiza un complot y luego se cambia de silla para preguntarse cuál sea ese complot. Como ya se ve, el argentino nos exige leer empuñando un lápiz como quien maneja una lupa.

Suponiendo que exista la metanovela (es decir, la novela cuya clave es la reflexión en torno a su propia naturaleza de novela) como género deslindado de otras formas de novela, y eso es mucho suponer, Ricardo Piglia sería su gran maestro vivo en lengua castellana. Y tiene mucha gracia que una obra construida a base de pensar y recolocar a Borges, Macedonio Fernández o Roberto Arlt como piezas de un puzzle derive ahora en un libro que se titula Antología personal, en el que Ricardo Piglia recoloca la obra de Ricardo Piglia en busca de correspondencias interiores que delaten al fin cuál ha sido su propósito durante cincuenta años de escritura.

El libro está atravesado por múltiples formas y registros, desde la narratividad en apariencia directa de ‘El laucha Benítez' o ‘El joyero', historias respectivamente de boxeo y paternidad truncada, hasta textos de explícito origen ensayístico y académico como ‘La ex tradición', pasando por un curioso viaje quimérico al lenguaje titulado ‘La isla de Finnegan' en obvia alusión a Joyce.

La tercera sección del libro, ‘Los casos de Croce', recupera al comisario protagonista de Blanco nocturno en una serie de inéditos que se anuncian como parte de una “serie en preparación”. Claro que una serie negra en manos de Piglia no es precisamente material para Hollywood, y pronto descubrimos en Croce a un investigador cercano a los imaginados por Pynchon, DeLillo o Coover, por así decir: alguien a quien el método deductivo sirve de bien poco en un mundo en el que “la verdad era variable y comparativa”.

El comisario Croce se debate entre entender y actuar, lo mismo que el Che Guevara, en el potente ensayo que cierra el volumen, oscila entre leer y ejecutar. Por cierto, que en el contexto de una literatura atravesada por la idea del nombre falso y el artificio, es extraordinariamente afortunada esta anotación de Piglia: en calidad de presidente del Banco Central de Cuba, al firmar los billetes emitidos por la entidad como ‘Che', el revolucionario se convirtió en la única persona de la historia que ha autentificado “el valor del dinero con un seudónimo”.

El lector que se acerque a Antología personal encontrará, a veces, el placer de una trama intrigante o fogonazos de una belleza sentimental: “ahora que he llegado a la plena abyección, ¿en qué pienso? Pienso qué hermoso sería que esta abyección fuera también material, que tuviese por ejemplo los zapatos rotos. Escribo Tina, ten piedad ¿y luego?”. Están ahí, sí. Sin embargo, conviene que le interesen también la historia argentina (y la historia de la literatura es, al fin, ‘historia') y algunas preguntas pertinentes: ¿por qué me narran esto, por qué así, y qué hago yo al respecto? ¿Qué es narrar, a fin de cuentas?


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