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viernes, 19 de agosto de 2016

Franz Kafka "Cartas a Felice"

El 16 de junio de 1913, Franz Kafka le confesó a Felice Bauer que no era gran cosa. “La verdad es que no soy nada, lo que se dice nada”, le escribió. Inmediatamente después le explicaba que no conocía a nadie tan desastroso en las relaciones humanas como él, y que tenía la impresión de que “no hubiera vivido nada”. Por si acaso añadía: a) que era incapaz de pensar y b) que tampoco sabía narrar, “ni siquiera hablar”. Poco antes, tras informarle de que estaba enfermo, le había preguntado: “¿Querrás reflexionar (…) y llegar a una conclusión respecto a si quieres ser mi mujer?”
Kafka conoció a Felice Bauer el 13 de agosto de 1912 en casa de la familia de Max Brod, seguramente su mejor amigo. El 20 de septiembre le escribió por primera vez. Kafka tenía entonces 29 años; Felice, 25. Él trabajaba en una empresa de seguros, vivía en Praga y estaba a punto de publicar su primer libro de relatos, Contemplación.

Ella era ejecutiva en Carl Lindström S.A., una empresa dedicada a la fabricación y distribución de dictáfonos y residía en Berlín. “Cuando llegué a casa de los Brod”, apuntó unos días después en su diario a propósito de Felice, “estaba sentada a la mesa. No sentí la menor curiosidad por saber quién era, porque enseguida fue como si nos conociéramos de toda la vida”

Todo cuanto se le pasaba a Kafka por la cabeza, todas manías, su día a día, sus gustos literarios y sus reflexiones sobre la escritura, sus complejos y miedos, todo está ahí. Aparecen sus celos por otros escritores, su obsesión por la delgadez de su cuerpo, sus batallas contra el insomnio y su adoración por el sueño, su enfermiza incapacidad de decidir, su compleja relación con los niños, su temor a casarse, su habilidad para desentrañar los mecanismos de poder.

Kafka no le oculta a Felice la mala química que tiene con su padre, deja ver cuánto le gusta metamorfosearse en lo pequeño, le habla de su interés por los animales diminutos, los perros aparecen una y otra vez, y sus quejas por la insoportable vida de funcionario y por lo insoportable que le resulta Praga. En las cartas se revela su amor por los bosques y su predilección por el silencio y el vacío.

En El otro proceso de Kafka, el ensayo que dedicó a las Cartas a Felice, Elias Canetti resume así el significado de esta fascinante obra: “Estas cartas contienen una inconcebible dosis de intimidad; son más íntimas aún de lo que sería la exposición detallada de una felicidad. No existe indecisión cuya descripción puede comparársele, ni personalidad que se haya desnudado tan fielmente.

Este intercambio epistolar resulta casi insoportable para una persona primitiva, a tal punto se tiene la impresión de estar ante el exhibicionismo de una impotencia espiritual; pues uno se encuentra constantemente con todo lo que lo caracteriza: indecisión, temerosidad, frialdad de sentimientos, minuciosidad en la descripción de una ausencia de amor, un desvalimiento de tales proporciones que solo resulta creíble por la hiperexactitud con que se lo narra. Pero todo está formulado de tal forma que al instante se convierte en ley y conocimiento”.

Felice respondió que “sí” a la carta de junio de 1913, que aceptaba casarse con él, e inmediatamente después empezaron los tormento de Kafka. En septiembre huye del compromiso, ingresa en un sanatorio de Riva, quiere olvidarlo todo. Allí conoce a la “chica suiza” de la que se enamora durante diez días. Felice, por su parte, envía a finales de octubre a una amiga suya, Grete Bloch, para que haga de mediadora y consiga salvar lo que pueda salvarse.

Todavía surgen más complicaciones: Kafka empieza a cortejar a Grete por correspondencia, pero al mismo tiempo va recuperando poco a poco a Felice. Vuelven a prometerse en junio de 1914, vuelven a romper un mes después tras un incómodo episodio en un hotel que Kafka identifica con una suerte de proceso en el que lo condenan. De nuevo la distancia, tiras y aflojas, breves encuentros.

Entre el 3 y el 13 de julio de 1916, Kafka y Felice pasan diez días en Marienbad. Al principio las cosas chirrían, pero luego “siguieron cinco días felices con ella, uno, se diría, por cada uno de sus cinco años en común”, escribe Canetti en su ensayo.

De nuevo piensan en casarse: cuando termine la guerra. Pero vuelven a discutir. Todavía su amor reverdece a ratos, pero en octubre de 1917, la relación se ha extinguido ya. El 30 de septiembre Kafka le ha escrito la carta más triste, la penúltima de todas aunque sea la del verdadero final. “Mi barca es muy frágil”, le confiesa. Se escuda en su enfermedad. Ha perdido. “Jamás recuperaré la salud”. Todo ha terminado


Carta enviada el 21 de agosto de 1913

No ha quedado probablemente nada sin ser dicho, Felice, no tengas temor alguno a ese respecto, pero quizás tampoco has comprendido precisamente aquello que más importa que comprendas. Esto no es ningún reproche, no es ni la sombra de un reproche. Tú has hecho todo lo humanamente posible, pero te es imposible captar aquello de lo que careces. Nadie es capaz de semejante cosa.

Es en mí únicamente en quien se dan todas estas inquietudes y angustias, vivas como culebras, solo yo las contemplo sin tregua, solo yo conozco sus circunstancias. Esas angustias e inquietudes tú no las conoces más que por mí, solo a través de mis cartas, y lo que de aquellas te llega a través de éstas no se relaciona con la realidad -en lo que se refiere al espanto, a la perseverancia, a la magnitud, a la invencibilidad-, del mismo modo que se relaciona con la realidad lo que yo escribo, y eso que en esto existe desde ya un insalvable desfase.

Esto lo veo claramente al leer tu encantadora y confiada carta de ayer, para cuya redacción te has tenido que ver en la necesidad de olvidar por completo el recuerdo que guardas de mi estancia en Berlín. Lo que te aguarda no es la vida de esa feliz pareja a la que ves pasar por delante de tus ojos en Westerland, no es la animada charla a la que se entregan dos seres que marchan cogidos del brazo, es una vida claustral al lado de un hombre malhumorado, triste, taciturno, insatisfecho, enfermizo, el cual -cosa que te parecerá un desvarío- se halla encadenado por cadenas invisibles a una invisible literatura; un hombre que grita cuando alguien se le acerca porque, como él afirma, le toca las cadenas.

Tu padre se demora en su respuesta, lo cual es lógico; ahora bien, el que se demore también en sus preguntas me parece demostrar que sus reservas son solamente de tipo general, lo cual haría que estas se vieran eliminadas más de lo que fuera menester -y de una manera completamente engañosa-, mientras que, por otro lado, pasa sin prestar su atención sobre los párrafos de mi carta susceptibles de delatarme.

No puede consentirse tal cosa, me estuve diciendo a mí mismo a lo largo de toda la noche pasada, y escribí el borrador de una carta destinada a hacérselo comprender. No la he terminado, tampoco pienso enviársela, no fue sino un desahogo que ni siquiera ha sido capaz de aliviarme.
Franz

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