9.6.20

Vila-Matas "Las que viajan leyendo" Desde la ciudad nerviosa.Galería fotográfica.Tafaner

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Hay días en que mejor que escribir novelas, prefiero leer la novela de la calle.Algo de esto me sucedió ayer cuando, viajando en autobús sin rumbo fijo, de repente decidí abrir una investigación sobre lo que la gente lee en los transportes públicos. Llevaba demasiado tiempo intrigado ante la extrema rareza de los libros que la gente lee en los metros, trenes o autobuses. Por lo general,son libros leídos por mujeres y son libros que poco tienen que ver con lo que nos cuentan que la gente lee, libros que no son de Antonio Gala ni están en la lista de los más vendidos, libros cuyos títulos suelen dejarme anonadado.

Viajaba sin rumbo fijo.No creo desvelar secreto si confieso que muchas veces entroal azar,sin dirigirme a parte alguna, en metros, trenes o autobuses con la intención de espiar conductas humanas y cazar con disimulo conversaciones de desconozidos.Tampoco creo desvelar secreto alguno si digo que no soy ni mucho menos el único que se dedica a esta estravagante actividad. No hace mucho Sergi Pàmies me contó una frase que había cazado al vuelo en un autobús, la frase de un joven a otro antes de apearse del convoy:"Te lo voy a repetir por última vez. Mi madre es mi madre y tu madre es tu madre.¿Está claro?".

Como dice Antonio Tabucchi, todos los escritores somos un poco voyeurs,todos espiamos un poco la vida por el ojo de la cerradura .La vida es demasiado breve como para vivir el número suficiente de experiencias:es necesario robarlas. A eso me dedicaba yo ayer viajando sin rumbo fijo cuando de pronto inicié mi investigación sobre lo que la gente lee cuando viaja. Había dos chicas al fondo de todo del autobús,absortas en la lectura de dos gruesos volúmenes. Me acerqué con disimulo a ellas. Siempre piensa uno que tal vez el libro que están leyendo lo has escrito tú. Lo intente en todas las posiciones pero no me fue posible, a pesar de las diferentes cabriolas que ensayé, averiguar qué diablos estaban leyendo aquellas pasajeras que, por otra parte y como es lógico, no tardaron en alarmarse,posiblemente porque pensaron que las rondaba un violador. Llegué a sentarme en el suelo en mi afán de descubrir el título de alguno de los dos libros, pero todo resultó perfectamente inútil y lo único que conseguí,aparte de hacer el ridículo,fue cazar la siguiente frase,dicha por una de las chicas tal vez a modo de defensa,tal vez refiriéndose a mí:"El murcielago es el Espíritu Santo del demonio".

Fue dicho como si acabara de leerlo en su libro y,poco después ,cerraban las dos al unísono sus enigmáticos volúmenes y,tras lanzarme una mirada reprobatoria,se bajaban del autobús.Subieron después más lectoras y  terminé de confirmar que sólo las mujeres leen en los transportes públicos.los hombres hacen crucigramas o se hurgan la nariz. Y lo que leen las mujeres que viajan,también eso terminé de confirmarlo, es difícil de averiguar porque generalmente los libros son de tapas duras y los títulos son invisibles o los esconden ellas a conciencia con la mano. Lo cierto es que cuando de pronto uno de esos títulos se hace visible, el viajero que investiga lo que leen ellas se queda perplejo. Anoté tres títulos, creo que son suficientes: Dentro del pecho del fakir (Darío Jabato), Lo que sé de mí (Shirley McLaine),Los tontos mueren (Mario Puzo).

En fin, cansado de pasar tantas horas al borde siempre de ganarme un tortazo, decidí descansar de mi investigación y tomar el tren para visitar a mi novia en Blanes. Viajaba medio dormido por el Maresme cuando una mujer negra subió en la estación de Premià. Al principio, fatigado como estaba, no reparé en que llevaba un libro. Pero cuando abrí los ojos tuve que frotármelos enseguida. El título era bien visible y la mujer no lo escondía con la mano: Lejos de África. Así es la realidad,superaba la ficción. Viajé hasta Blanes sintiendo la más infinita ternura hacia aquella mujer y diciéndome que no me había equivocado al elegir,por encima de la sosa novela de gabinete, la fuente inagotable de esa novela de la calle al alcance sólo de las que leen viajando.

Enrique Vila-Matas

Desde la ciudad nerviosa



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