jueves, 22 de septiembre de 2016

Fernando Aramburu "Patria"

No es casual que Patria sea la historia de dos familias que han sido inmemorialmente amigas y a las que ha enfrentado el “conflicto”. Y cuya historia paralela es la errática, aunque decidida, búsqueda de un perdón que unos han de pedir a los otros y que al final llega. No sabemos sus apellidos familiares, sino solo los nombres de pila, lo que es significativo.
Gobiernan a las familias dos etxekoandreak (amas de casa), Miren y Bittori, que dominan a dos maridos —el Txato, la víctima mortal de un atentado terrorista, y Joxian, torpe, cobarde y sentimental— y a los cinco hijos que encarnan toda la gama de biografías de una sociedad que ha ido pasando de la vida pueblerina a la propia de una clase media semiurbana.

Hay un médico, lúcido y algo reservón, Xabier; un escritor en euskera que acepta su homosexualidad, Gorka; un terrorista que purga su culpa, Joxe Mari. Y dos mujeres que, en el fondo, heredan —cada cual a su modo— la resistencia, el empeño y el fracaso de sus madres: Nerea, la aparentemente errática y egoísta pero que crece moralmente con el paso de las páginas, y Arantxa, la marcada por su mala suerte y a la que un ictus convierte en una inválida. Y en uno de los personajes más logrados y emotivos de la novela, quizá el mayor y mejor de todos.

El orden del relato se ha sedimentado en un centenar de capítulos breves que adoptan la unidad de un cuento. No los unifica la cronología estricta, sino una sucesión de naturaleza emocional. También se ha diluido adrede (y con gran efectividad) la responsabilidad narrativa: no sabemos quién cuenta porque las frases —casi ráfagas— escritas en primera persona se mezclan con las formas del estilo indirecto libre y con la presencia mayoritaria de un narrador que todo lo gobierna y organiza.

Y que quizá se autorrepresenta como el novelista que, al final (en el capítulo ‘Si a la brasa le da el viento’), habla de sus novelas vascas en un acto organizado, tras el abandono de las armas por parte de ETA, al que significativamente asisten muchos personajes reales y otros de nuestra ficción.

El resultado estético es un estilo urgente y minucioso que parece nacer de la misma historia contada y que busca abarcarlo todo: a través de esos diálogos expresivos en los que se usa el castellano hablado en el país (con los verbos en condicional, que sustituye al pretérito imperfecto de subjuntivo) o mediante la búsqueda de la mayor precisión en los mecanismos psicológicos de los personajes que lleva a que, a menudo, los conceptos se expresen en formas alternativas o complementarias separadas por barras: “presentía/deseaba”, “estaba todo hablado/roto”, “se indignó/inquietó”.

Patria es, sobre todo, una gran y meditada novela. Pero la tradición del género lleva incluida la virtud de explicar a sus contemporáneos algo del mundo que les ha tocado vivir, o que forma parte de su herencia: amalgamar evocación y análisis. Lo hicieron los Episodios nacionales, de Galdós, justo cuando hacía falta recordar y suturar discordias civiles, y lo hizo Guerra y paz, de Tolstói, cuando corría riesgo de olvido el origen de la Rusia moderna. Lo mismo están logrando ahora las novelas de Fernando Aramburu.
Patria Fernando Aramburu conversa con Iñaki Gabilondo  

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