29.8.20

Joan Fuster "Josep Pla, de tertulia" 08/03/1972

De jovencito, yo fui un poco reticente con los papeles de Josep Pla. Mi inocencia, entonces, me llevaba a seguir los caminos de la poesía lírica, siempre sublimes y, cuando uno se descuida, aproximativamente bobos. Al leer los artículos de Pla, alguno de sus libros, casi me sentía ofendido. Me parecía materialista y cínico en un grado muy superior a lo que toleraban mis tiernas tragaderas. Pero todo fue una cuestión de tiempo. Y no mucho, por fortuna. Acabé “cediendo”. O sea: en la admiración razonablemente practicada. Si no recuerdo mal, una de mis primeras colaboraciones en la prensa diaria ya era un elogio de su obra: de una de sus obras. Ahora estoy contento de que fuese así.

Un día vino a Sueca. De eso hace bastantes años: doce, o quince. Luego fui yo a Palafrugell. Las visitas mutuas se han repetido, y nos hemos visto, además, muchas veces, en Barcelona, con la hospitalidad de amigos comunes. El acceso al “Pla hablado” constituyó, para mí, una experiencia singular. Abundan los escritores que, a partir de la letra impresa, exigen las mayores deferencias, y nadie se las sabría negar, pero que, en el trato directo, son de una tristeza absoluta, rayana en la mediocridad. Yo no cultivo mucho la relación personal con los colegas —entre otros motivos, por falta de ocasión—, y quizás esta opinión sea abusiva.

De la gente del ramo que he llegado a tratar, Carles Riba me pareció un tipo fuera de serie: un “causeur” alucinante. El mundo académico local quedó abruptamente desmantelado cuando murió Riba, en punto a relaciones “diplomáticas”. Lo que queda es “impresentable”, solvencia científica aparte. Un par de ratos de charla con Salvador Espriu me revelaron tanto o más que sus libros. Gaziel me pareció otro personaje abrumador... Lo restante es pura corrección maquinal, urbana, gris. ¿Se han acabado los “homenots”? Josep Pla pertenece a la especie extinguida o a extinguir. Una conversación con Pla no es un trámite de cotilleo o de lúgubre intercambio de formulismos.

Lo primero que me sorprendió en Pla, cuando le vi —oí— hablar con “desconocidos”, fue su habilidad en obtenerles confidencias inmediatas. Entrábamos en un estanco, o abordaba a un transeúnte, o en la taquilla de la RENFE, y de pronto, su interlocutor, proporcionado por el azar, comenzaba a “confesarse”. Le contaba su vida privada, el montante de sus ingresos, el lío con su suegra o con su jefe. Era una técnica chocante. A mí me costaría mucho esfuerzo abordar a alguien que no conozco, y provocar sus explicaciones. Me daría vergüenza intentarlo. Y hasta me temo que recibiría respuestas insolentes: “¿A usted qué le Importa?”. Pla se las arregla para desencadenar la confianza, y se entera de todo. Es, sin duda, un arte de periodista a la antigua usanza, por decirlo así. Saber preguntar.

No es fácil, desde luego. Pla es un preguntón sistemático, incluso cuando no hace falta. Gran parte de sus escritos se alimentan de lo que saca del buche a la gente que está a su alcance. “Un senyor de Barcelona”, por ejemplo, o “Manolo”: dos volúmenes preciosos. Ya lo dirán los historiadores de mañana. Pla es una mina: el Pla impreso. Desde luego, habrá que tomar con cautela sus noticias y sus observaciones, porque la hipérbole instintiva y los prejuicios deforman la información. Pero ahí está, insustituible. Pla es nuestro Balzac particular. Y sin novelerías. Una lástima, según cómo. Quizá un Pla novelista habría sido... Freno. Pla no podía ser un novelista. Esto es otra historia.

Con Pla hemos hablado de todo lo divino y lo humano: más de lo humano que de lo divino, por supuesto. Pla es escasamente sensible a los problemas metafísicos. Hace unas semanas, y cenando con un teólogo, me permití plantear el problema del Espíritu Santo. Pla, que estaba presente, se alarmó. El asunto no entra en sus cuentas. Le importan más los guisantes, la lluvia, el trabajo, las covachuelas administrativas, la cochura de los alimentos… Últimamente, cuando nos vemos, siempre hablamos de política. Él es un conservador automático y expeditivo. Alguna que otra vez, le he oído decir que las dos únicas cosas serias de esta geografía son la Guardia Civil y el Banco de España. Es una manera de decir, desde luego, y tiene su enjuncia.

La última discusión que tuvimos rondaba al asunto del erotismo. Pla, que no “puede” —por principio— estar en contra, arguyó en contra. Fue muy divertido el episodio. También nos explicó una sinopsis de “discurso de la Corona” —restitución del “concierto económico” para el área vasca, pequeñas y baratas autonomías para las zonas mediterráneas, y reforma agraria y dictadura militar para la circunscripción del latifundismo— que no carecía de humor, precisamente (ni de sentido común oportunista, además). Y hasta esbozó una filosofía de la historia, que abarcaba al Partenón y a los Padres Fundadores USA. El debate, amistoso y de sobremesa, fue sobrecogedor. Las contradicciones y el lío se imponían a cada paso.

Es lo normal, sin embargo, “¿Quién que es no es romántico?”, escribió Darío. Pues eso: ¿quién que es no es contradictorio o no está —o se siente— liado? Pla más que yo. Yo le llevo la ventaja, o el inconveniente, de ser más “cartesiano”, Josep Pla, lo crea él o no, deriva de Balmes, de Llorens i Barba, de Manyé i Flaquer, de Prat. “Escuela escocesa”, en definitiva: pragmatismo apacible, cuco, con englantinas si conviene, y “qui dia passa, any empeny”. A las “Obras completas” de Pla, que ya van por los veintitantos tomos, puse un prólogo largo, setenta u ochenta páginas, en el cual pretendí explicar el “punto de vista” literalmente “fatal” de Josep Pla. El cartesianismo —valga la fórmula—, como réplica u objeción, da mucho de sí. Es lamentable que las discusiones sean solamente verbales y en familia.

Las tertulias con Pla son de las pocas cosas que, personalmente, y puesto a ejercer la gratitud, agradecería a la Providencia. Son operaciones estimulantes, rápidas en los reflejos mentales, acogotadoras en la defensa. Un chico levemente maoísta que coincidió en una de ellas, me dijo luego: “Bueno, ¡eso es un reaccionario inteligente!”. Sí, y no es lo habitual. Pla es un gran “reaccionario” —como Balzac, y los lectores de Marx y Engels, si existen, saben lo que quiero insinuar—, y nadie se ha de escandalizar porque lo sea... Mi desacuerdo básico con Pla es anterior a las doctrinas. Siento tener que rebajarme a la anécdota.

Pla es partidario de las sobremesas “in situ”; en el comedor, alargando el carajillo, poniendo un poco más de vino en la copa relacionada con el menú. Por lo general, las sillas de comedor, en restaurantes o en domicilios particulares, son de una estructura oprobiosa. El respaldo vertical y la altura del asiento resultan incómodos, y la conversación suele excitarse más de lo debido cuando los participantes no colocan la espina dorsal a su arbitrio. La silla es un factor social eminente: dime cómo y dónde te sientas, y te diré quien eres... Que, a los setenta y cinco años, Josep Pla siga siendo partidario de las sillas de comedor —sillas ascéticas, góticas, antianatómicas—, me parece una gran cosa. Ya quisiera para mí esa suerte. Y la otra: una clientela vasta, regular y siempre interesada...

El escritor, ensayista y referente intelectual del nacionalismo valenciano, gracias a su ensayo Nosaltres els valencians (1962), fue autor de una vasta y erudita obra en catalán y en castellano. Aunque primero se dedicó a la poesía, pronto centró su interés en la investigación histórica y la crítica literaria. Desde 1952 colaboró periódicamente en prensa, primero en el diario Levante , y más tarde en periódicos y revistas de Madrid y Barcelona: Tele-Express, Destino y La Vanguardia . En nuestras páginas publicó cerca de 540 artículos desde 1969 a 1984. En este, relata algunos aspectos de su relación con el que consideraba el mayor prosista catalán: Josep Pla

La Vanguardia

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