11.8.15

Pablo Martín Sánchez "El anarquista que se llamaba como yo" 2012

Los días 6 y 7 de noviembre de 1924 un grupo de anarquistas procedente de Francia entró en España con el objetivo de derrocar la dictadura de Miguel Primo de Rivera. Estaban convencidos de que estallaría la revolución en el interior y se dirigieron a Vera de Bidasoa (norte de Navarra). Allí se toparon con dos guardias civiles. Los mataron. Llegaron refuerzos, algunos revolucionarios resultaron heridos, entre ellos, Pablo Martín Sánchez, el protagonista de la novela El anarquista que se llamaba como yo (Acantilado), primera y sorprendente novela de Pablo Martín Sánchez.


Algunos fueron detenidos, otros lograron escapar. En un primer juicio fueron absueltos por falta de pruebas, pero el caso pasó a al Tribunal Supremo de Guerra y Marina, que condenó a muerte, por garrote vil, a tres de ellos, Julián Santillán Rodríguez, Enrique Gil Galar y Pablo Martín Sánchez. El 6 de diciembre de 1924 se cumplió la sentencia, pero Martín Sánchez evitó el garrote. Camino de la ejecución, esposado, se tiró por una ventana.

Pablo Martín Sánchez se enteró de esta historia casi por casualidad. Un día, escribió su nombre en Google y la pantalla “vomitó”, cuenta en el prólogo, cientos de resultados. Casi al final, apareció el nombre del anarquista que se llamaba como él, en el Diccionario internacional de militantes anarquistas. “Me interesó mucho el destino trágico de estos hombres que intentaron librar al país de la dictadura de Primo de Rivera y el hecho de que la intentona acabara beneficiándola” y le fascinó aún más la figura de Pablo Martín Sánchez. “Podría haber sido mi bisabuelo”.

El escritor rastreó los diarios de la época en la Biblioteca Nacional. Viajó a Vera de Bidasoa, a París. Pío Baroja había escrito sobre el trágico episodio en La familia de Errotacho. Vicente Blasco Ibáñez, Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset escribieron una carta de protesta por las arbitrariedades cometidas.

El escritor reinventa la vida de su tocayo. Desde su nacimiento en Baracaldo, en 1890, hasta su muerte. Fue periodista, tipógrafo, calderero. Trabajaba en la imprenta La Fraternelle en París, cuando anarquistas españoles le convencieran primero de que imprimiera octavillas que llevarían en su expedición a España y, luego, de que se sumara a la acción contra la dictadura de Primo de Rivera. Martín Santos no estaba seguro de querer participar. “No todos eran revolucionarios convencidos. Algunos se apuntaron simplemente para cruzar la frontera. No quería que Pablo fuera un líder, ni un héroe o ni un tipo ofuscado como Gil Galar. Lo explica muy bien Pío Baroja”.

La novela está llena de guiños. Por ejemplo, al gran amigo desde la adolescencia de Pablo Martín le llaman Robinsón, como uno de los personajes que aparece en la Familia de Errotacho.

El París de los exiliados de la dictadura, como Blasco Ibáñez, Ortega y Gasset o Unamuno, las tertulias, las conspiraciones, El café de la Retonde… Martín Sánchez mezcla realidad y ficción con una habilidad endiablada. “La Fraternelle existió y también la Rotonde, era el café de las revoluciones. Uno de sus asiduos fue Lennin y Unamuno tenía allí su peña española”.


Lo mismo sucede en la Barcelona de principios del siglo XX, la ciudad de las bombas, de las ligas vegetarianas, de la agitación permanente. Y el Madrid en ebullición de Alfonso XIII, donde día sí día no se preparaba un atentado contra el monarca, como el de Mateo Morral, que atentó contra el Rey el día de su boda con Victoria Eugenia. Morral convive perfectamente con personajes de ficción.

La ambientación y documentación de Un anarquista que se llamaba como yo son excelentes: la llegada del cine a Madrid, el hundimiento del Titanic, la pérdida de las colonias… Recuerda a ratos La ciudad de los prodigios de Eduardo Mendoza. El lector no está seguro de lo que sucedió en realidad y qué es inventado. Martín Sánchez es tajante. “Como decía Nabokov, calificar un relato de historia verídica es un insulto al arte y a la verdad”.

Aparecen en la novela grandes acontecimientos, como la batalla de Verdún, durante la I Primera Guerra Mundial, en la que el anarquista Martín Sánchez estuvo como corresponsal de guerra; o la Semana Trágica de Barcelona, donde le tocó presenciar, en el castillo de Montjuïc, el fusilamiento de Francisco Ferrer y Guardia. “Es difícil abordar temas tan tremendos en un solo capítulo y he hecho un esfuerzo de condensación. Me interesaba tratar los temas más íntimos, la intrahistoria antes que los grandes acontecimientos”.

El amor entre el joven anarquista y la bella Ángela es como un folletín. El padre de ella se opone, hay un duelo, ella desaparece y Pablo la busca por todas partes. Martín Sánchez narra la historia desde 1890 hasta 1924 en dos tiempos, el pasado y el presente. “Es una treta técnica para hacer avanzar la historia, como hace Haruki Murakami en Kafka en la orilla, hasta que ambos tiempos convergen en el capítulo final”.

Pablo Martín Sánchez nació en 1977 cerca de Reus, o sea Tarragona, una broma de este escritor que tan bien sabe jugar con la literatura y la historia. Es graduado superior en Arte Dramático, licenciado en Literatura y literatura Comparada y máster en Humanidades. Es traductor, y como él dice es exlector editorial, excorrector, exlibrero, exatleta, exactor. “Me interesaba más la dramaturgia que la representación”. Vivió un año en París, tras los pasos de su admirado Georges Perec. “Me interesaba su manera de entender la literatura” y decidió que la literatura es su vocación. Ha publicado un libro de relatos, Fricciones (2011).

La novela desprende cierta simpatía por el anarquismo romántico de principios del siglo XX. “Sí, siento cierta simpatía, pero quise mantenerme a cierta distancia y rechacé el maniqueísmo de buenos y malos. Hay una larga tradición anarquista en España; aún la mantienen movimientos como los de antiglobalización, los antisistema o el 15-M. Hablan de autogestión y eso es lo que ya defendía Proudhon.

El anarquista que se llamaba como yo, una de las novelas importantes de estos últimos tiempos, representa la simbiosis perfecta de historia e imaginación. Desde el mismo prólogo, hasta el largo relato, el epílogo e incluso la sorprenden adenda, realidad y ficción se mezclan hasta confundirse.

¿Novela histórica? ¿Autoficción? ¿Aventuras? “Una buena novela no necesita apellido. Doy suficientes pistas para que el lector dude de todo, porque el lector del siglo XX tiene que dudar de todo”.


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