Un día, conversando con mi querido Juan Marsé, le dije que Últimas tardes con Teresa es una novela de aventuras. Se me quedó mirando un instante, fijo, con su cara de tipo duro, de boxeador marcado por la vida, y respondió “puede ser”. Luego lo pensó un poco más y movió la cabeza despacio, asintiendo. “Quizás –añadió– en cierto modo sea una novela de aventuras”. Después hablamos de otras cosas, y nunca supe si aquello lo dijo por cortesía o porque realmente estaba de acuerdo con mi punto de vista.
