Aquella mañana el aliento me olía especialmente mal, pienso mientras me asfixio. Se me estrecha tanto la garganta que los músculos de uno y otro lado se tocan. Pero solo alcanzo a recordar el hedor del día en que comenzó todo. Horas antes había visto un resplandor, silencioso al principio, estrepitoso después. Estados Unidos acababa de lanzar una bomba de hidrógeno junto a mi guarida. Apreté las garras, decidí salir, buscar un lugar tranquilo. No, otra vez no, me dije.