De todo nos reímos porque conocemos la incertidumbre, el temblor de fondo en todo lo que hacemos y escribimos. ¿Quién está seguro de algo? ¿O no han oscilado todos los “últimos escritores” de ese siglo entre su impresión de incapacidad y de impostura (los más honestos preguntándose por qué iban a ser precisamente ellos los que dejaran constancia, más que cualquier otro escritor, de la totalidad del ser) y el deber que tenían de intentarlo, pese a todo?
