Bailar siempre fue un acto de transgresión y desobediencia. Hacerlo sobre las ruinas todavía calientes de la Guerra Fría era la quintaesencia de la revuelta. La noche que cayó el Muro cristalizó en el nuevo Berlín algo que llevaba tiempo fraguándose a un lado y otro del hormigón. Bebía del punk, del Krautrock, de los breakers de Alexander Platz, de la cultura gay del Oeste, el disco y las absurdas normas musicales de la Stasi. De pronto, comenzó a establecerse un extraño vínculo con un sonido procedente de Detroit que no era capaz de encontrar en su lugar de origen un espacio suficientemente radical para desarrollarse
