domingo, 29 de mayo de 2016

Vladímir Nabokov "Cartas a Véra"

¿Sería posible hoy en día publicar una novela como Lolita, sin soportar el acoso de las leyes y una unánime reprobación social? La pederastia se ha convertido en la principal piedra de escándalo de nuestro tiempo. La primera edición de Lolita apareció en 1955. Fue prohibida en Francia e Inglaterra, pero tres años más tarde se publicó en Estados Unidos, desatando un verdadero huracán literario y moral que transformó a Vladimir Nabokov en un autor famoso, millonario y controvertido.
Su obra anterior había despertado reconocimiento y admiración en los círculos literarios, pero el gran público apenas había mostrado interés por una literatura original e innovadora, que no se cansaba de experimentar con el lenguaje para profundizar en la naturaleza humana, describiendo las tensiones entre el individuo y la sociedad en una época sacudida por vertiginosos cambios en el terreno de la moral y las costumbres.

Las cartas de Nabokov a su mujer, Véra Slónim, son un documento extraordinario, que nos permiten conocer mejor a un autor con una aguda exigencia artística. Aunque no fueron escritas para ser publicadas, el talento se hace visible una y otra vez, mostrando una pasión por la vida que fulgura incluso a la hora de abordar cuestiones tan triviales como un resfriado, el clima, un almuerzo, los viajes en metro o la búsqueda de un empleo.

Desde el principio, Nabokov deslumbra con su inteligencia, humor, creatividad, mordacidad, benevolencia, extroversión e ingenio. Su estilo relampaguea como una poderosa intuición, pero luego se aquieta para adoptar un tono prosaico, desmenuzando las banalidades del día a día. Su ternura con los animales y los niños le sitúan en las antípodas del perverso Humbert Humbert.

Cuando una sirvienta se dedica a exterminar a los ratones que invaden la cocina, Nabokov interrumpe la matanza y libera a los que insisten en volver, depositándolos personalmente en el jardín: “Ya he liberado a tres de ese modo, o tal vez se trate del mismo”.

En la misma carta, habla del gato de unos amigos: “Tiene unos maravillosos ojos azul claro, que se vuelven transparentemente verdes al caer la tarde. […] Un animal admirable, sagrado, y tan silencioso: no se sabe qué mira con esos ojos, rebosantes de agua de zafiro”.

Nabokov pasa por alto que gatos y ratones son enemigos naturales. No sé si su perspectiva de entomólogo, que incluye la muerte de las mariposas capturadas, posterga los aspectos más trágicos de la naturaleza, limitándose a testimoniar su belleza. Su amor por los niños no es menos conmovedor.

“Qué encantador es el pequeño Niki –escribe, hablando del hijo de su primo Serguéi-. No podía separarme de él. Yacía como una cosita roja, despeinada, con bronquitis, rodeado de cochecitos de todas las clases y tamaños”. No se muestra menos cariñoso al preguntar a Véra por su hijo Dmitri:

“¿Cómo está nuestro cachorro? Fue extraño despertarse hoy sin esa vocecilla pasando por delante de mi puerta en tus brazos”. Poco después, añade: “Me siento exasperadamente vacío sin ti (y sin el cálido niño portátil)”, y a los dos días recalca: “¿Y él, mi pequeño? […] Echo de menos físicamente algunas sensaciones, […] el circuito de torrente de felicidad cuando lanza su bracito por encima de mi hombro”.

A semejanza de otros escritores rusos, con un inconsciente modelado por varios siglos de tradición cristiana, no puede eludir el cerco de los sentimientos de culpa y expiación. Su soriasis se exacerba, cuando algo le causa remordimientos, como engañar a su mujer con Irina Guadanini, una poetisa con la que mantuvo un intenso idilio en Francia.

La situación le perturbó de tal modo que pensó en el suicidio, pero Véra le perdonó y el matrimonio superó la crisis. Nabokov recobró la paz interior y continuó escribiendo compulsivamente a su mujer, encabezando sus cartas con expresiones tan sinceras como enfáticas: “Alma mía, amor mío, […] mi amor querido, […] mi felicidad”. Los finales no eran menos emotivos: “Te quiero de un modo inexpresable”, “Tu eres mi único amor”, “Te beso, te beso –y te vuelvo a besar”, “Beso tus manos, tus labios queridos, tu pequeña sien azul”.

No disponemos de las cartas de Véra, que destruyó hasta la más pequeña nota, quizás por un exceso de espíritu autocrítico y por un temperamento melancólico, con tendencias depresivas. Se ha dicho que Véra consagró su existencia a cubrir las necesidades de Nabokov, desempeñando funciones de agente literaria, correctora, ayudante de docencia e investigación, mecanógrafa en cuatro idiomas, secretaria e incluso chófer, pero Brian Boyd, coeditor de la presente correspondencia, apunta que no era una mujer sumisa, sino un espíritu fuerte, audaz y con cierta dureza.

Dmitri, piloto de carreras en su juventud, aseguraba que su madre conducía como un hombre, y Vladimir, reacio a la adulación y los halagos, siempre agradeció sus observaciones más demoledoras, pues sabía que la autocomplacencia era el peor enemigo de la creación literaria.

Nabokov era un seductor, un mago, un poeta hiperestésico torturado por “la imposibilidad de asimilar y devorar todo lo bello del mundo”. Su amor hacia Véra insinúa un carácter neurótico y dependiente: “Te necesito, sí, mi cuento de hadas. Porque tú eres la única persona con la que puedo hablar, ya sea del matiz de una nube, del tintineo del pensamiento”. Sin la cercanía de Véra, se siente incompleto y abatido:

“Estoy tan infinitamente acostumbrado a ti que ahora me siento perdido y vacío: sin ti, alma mía. Transformas mi vida en algo ligero, asombroso, arcoirisado… Aportas un destello de felicidad a todo”. El éxito no afectó a estos sentimientos. La relativa indiferencia del público hacia la literatura de Nabokov se transformó en interés morboso, cuando apareció la historia de Humbert Humbert, un profesor de literatura de mediana edad que se enamora de una “nínfula”, aparentemente una niña de doce años, pero con el poder de seducción de un ser demoníaco.

Nabokov, que bordeaba los setenta, aclaró que Humbert Humbert le parecía “odioso”. Sin embargo, yo advierto un estrecho parentesco entre creador y criatura. Ambos son europeos, refinados, escépticos y con una perspectiva esencialmente estética de la vida. Los dos subordinan la ética a la perfección formal y, en ocasiones, elaboran ensoñaciones que rozan la locura.

El escritor ruso, que había escogido la lengua inglesa para sus fabulaciones, no era un pederasta, pero no ignoraba que la educación y la moral reprimían el instinto, imponiéndole tabúes que producían malestar e infelicidad.

El 3 de julio de 1926, escribe a Véra: “Te amo, mi minina, mi vida, mi vuelo, mi flujo, perrita”. Es difícil no pensar en el inicio de Lolita, que sale de la imprenta tres décadas más tarde: “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma. Lo-li-ta”.

Cartas a Véra es una pieza esencial en la obra y vida de Nabokov. No sólo por lo que dice, sino también por lo que calla y que sólo se trasluce en un lenguaje trufado de mitos, juegos y metáforas. Thomas Mann reprimió su homosexualidad para evitar el desorden de la pasión, pero en La muerte en Venecia (1912) liberó sus fantasías, vinculado el deseo sexual a la pasión creadora. ¿Se puede decir que Nabokov experimentó algo parecido?

Un párroco medio sordo estuvo a punto de bautizarlo con el nombre de Víktor. ¿Fue una premonición, la evidencia de que el “yo es otro” de Rimbaud expresa la esencial duplicidad de de la condición humana? No caeré en la tentación de contestar, pues  creo que es un acertijo sin respuesta. Siempre he pensado que Nabokov se parecía a Puck, el pícaro duendecillo de Sueño de una noche de verano. Su alma infantil chisporrotea en estas cartas como un cohete que dibuja piruetas sin fin.
RAFAEL NARBONA


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