16.11.18

Orhan Pamuk "El castillo Blanco" (1986)

Ambientada en el siglo XVII, la peripecia de un joven humanista convertido en esclavo de un astrólogo turco se acoge a la forma de la novela histórica, pero su intención de fondo no es recrear una época sino reflejar el conflicto entre tradición y modernidad, que mantiene a Turquía atascada en una dramática indeterminación.
Han transcurrido más de veinte años y Turquía sigue atrapada en la misma encrucijada. Pamuk ya ha conocido la amenaza de un proceso por denunciar el genocidio de armenios y kurdos y un breve exilio en Estados Unidos. La concesión del Nobel ha fortalecido su posición de intelectual comprometido con una Turquía laica y democrática, que evoca la figura de Camus o Malraux. Al comparar 

El castillo blanco con La casa del silencio, puede interpretarse que Pamuk se dejó seducir por la literatura de evasión. Es suficiente leer unas páginas para disipar esa impresión. La cita de Proust que aparece al inicio ya nos advierte sobre una poética refractaria al esencialismo cultural. En la nota final, Pamuk redunda en esa postura, ejerciendo de comentarista de su propia obra. Las fuentes no pueden ser más plurales: Cervantes, Da Vinci, Poe, Dostoievski, Hegel y los grandes autores de la literatura turca. Pamuk no niega las diferencias, pero se identifica con la libertad y la tolerancia, despreciando esa pasión por las identidades nacionales que son el mayor obstáculo contra la paz. 

El castillo blanco comienza con un recurso reiterado por infinidad de autores: la aparición de un manuscrito que relata unos hechos prodigiosos. Esta vez es la historia de dos hombres extraordinariamente semejantes, unidos por el destino y separados por el deseo de ser otro. El joven humanista veneciano capturado por los corsarios del imperio otomano pasará unos años con un caprichoso sultán que finalmente le entregará como esclavo a un astrólogo. El parecido físico entre amo y siervo despertará cierto terror sagrado. 

Pamuk utiliza el cogito cartesiano para reflexionar sobre el yo. Al contemplarse en el espejo o comparar su escritura, el astrólogo y el esclavo se preguntan si no son en realidad el otro o si la violencia consiste en negar nuestra identidad con el otro. Es fácil trasladar esa tensión a la relación entre Oriente y Occidente. Ambas culturas pueden ignorarse y denigrarse, pero la Historia nunca tolerará una escisión definitiva. Antes o después, tendrán que coexistir y perderse en su opuesto, para reencontrarse y ser ellas mismas, sin la intransigencia que hoy las separa.

Pamuk no es un político, sino un escritor y esa condición le sitúa en un lugar privilegiado, pues tal vez la literatura logre acercar a dos civilizaciones que no consiguen desprenderse de sus prejuicios. El anhelado encuentro no se producirá mediante los malabarismos de los estadistas, sino por la inmediatez del sentimiento, un milagro que la Historia reserva a los poetas y a los santos.

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