En cierta ocasión, estando J.G. Ballard cursando estudios de primaria en un colegio religioso, un sacerdote le impuso el castigo de copiar íntegramente un relato de corte victoriano en su cuaderno escolar. El chaval se sentó en el pupitre dispuesto a transcribir el texto, pero enseguida se dio cuenta de que iría más rápido y se divertiría más si, en vez de reproducir línea a línea aquella ficción, se inventaba su propio cuento.
