De jovencito, yo fui un poco reticente con los papeles de Josep Pla. Mi inocencia, entonces, me llevaba a seguir los caminos de la poesía lírica, siempre sublimes y, cuando uno se descuida, aproximativamente bobos. Al leer los artículos de Pla, alguno de sus libros, casi me sentía ofendido. Me parecía materialista y cínico en un grado muy superior a lo que toleraban mis tiernas tragaderas. Pero todo fue una cuestión de tiempo. Y no mucho, por fortuna. Acabé “cediendo”. O sea: en la admiración razonablemente practicada. Si no recuerdo mal, una de mis primeras colaboraciones en la prensa diaria ya era un elogio de su obra: de una de sus obras. Ahora estoy contento de que fuese así.
