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13.3.20

Antonio Muñoz Molina "En una casa de John Ashbery"

Leí por primera vez a John Ashbery una noche que me encontraba en una gran casa de invitados en la que yo era el único huésped, en un claro en un bosque, en Bard College, al norte del Estado de Nueva York. Durante horas había rugido una tormenta. Poco a poco el viento se calmó y cesó la lluvia, y dejó de oírse el fragor de los árboles, altas coníferas oscuras. El cielo estaba despejado y tan reluciente de constelaciones como los cielos de las noches limpias de invierno de la niñez. Inquieto en la habitación, sin poder dormirme, sin una lectura que me apaciguara, era consciente de la amplitud desierta de la casa donde me encontraba. Era una de esas veces en las que uno llega a un sitio y tiene una profunda sensación de intensidad espacial, una conciencia muy aguda de las posibilidades contenidas en ese lugar, una punzada en la imaginación. Puede que no suceda nada memorable, pero está muy claro que podría suceder. Lugares así aparecen luego obstinadamente en los sueños y en las novelas.

Enrique Vila-Matas "No he venido a hablar de mi libro" John Ashbery 2019


Las dos únicas conversaciones que he tenido con Jean Echenoz, sentados en la terraza de un café y con tiempo por delante —una en Barcelona el siglo pasado y la otra, hace unos meses, frente al mar de Bastia—, giraron en torno a un mismo y único tema: el horror y el absurdo de las entrevistas en las que se espera que el autor de un libro explique lo que ha escrito. En ambas ocasiones, imaginamos a Kafka aclarando una y otra vez a la prensa de Praga el significado de La metamorfosis y qué clase de extraño animal era “el monstruoso bicho” al que hacía referencia en la primera línea de su relato. ¿Qué era? ¿Un chinche, un ciempiés, un escarabajo, una langosta? Y también imaginamos a un agobiado Marcel Proust, rodeado de periodistas que estarían exigiéndole que explicara científicamente por qué una magdalena sumergida en el té puede hacernos viajar al pasado.