Los mosqueteros, los fantasmas que te ayudan a ser tú mismo, a marcar tu propio territorio, a vivir en él, no son uno, ni dos, ni tres, como los tres mosqueteros (que eran cuatro): son innumerables. Lo importante es saber buscarlos –una copa, una sonrisa, una mirada, un gesto, un grito, una lágrima, una canción…– y, una vez encontrados, no dejarlos escapar y hacer piña con ellos, convertidos todos en auténticos barceloneses de barrio.
