11.4.15

Sergio Pitol "El arte de la fuga" 1996

"Cada uno de nosotros es todos los hombres", escribe Pitol. De esa máxima nace quizá su tendencia a la generosidad, a la comprensión: no encontramos en el libro juicios de valor, ni de ninguna otra clase. Sólo capacidad y disposición para entender y asimilar todas las cosas, aún las más complicadas y las más divergentes.
Es conmovedora la serenidad con que Pitol enfrenta un tema tan recurrente como angustioso: el paso del tiempo, que el autor encara con calma, sin dramatismos. Escribe Pitol: "Revisar el pasado significa, entre otras tristezas, contemplar un mundo que es y al mismo tiempo ha dejado de ser el mismo". Sin embargo, hay cierto deleite en esa revisión del pasado: "La memoria trabaja con la misma lógica oblicua y rebelde de los sueños. Hurga en los pozos ocultos y de ellos extrae visiones que, a diferencia de las de los sueños, son casi siempre placenteras".

Pitol nos lanza de bruces y sin previo aviso a una geografía desordenada; es casi imposible trazar un mapa de este libro: las reflexiones y los escritos nos trasladan de Siena a Roma, de Roma a Varsovia, de Varsovia a Praga, a Venecia o a Chiapas, a la Barcelona de la "gauche divine"... en fin, a todos los lugares que forman parte del pasado cosmopolita del autor.

Porque este libro es, de algún modo, la recuperación de un pasado al que se llega sin seguir otro itinerario que la carretera desordenada de la memoria. Con una generosidad sin límites, el autor recupera para el lector los instantes felices de otros tiempos. Sin embargo, las páginas no están construidas en función de la nostalgia: sólo hay recuerdos lúcidos, rescatados de un modo deliberado y consciente y no después de un súbito ataque de melancolía.

De las palabras de Pitol se desprende una serenidad desconocida, y el lector no puede por menos que sentirse admirado de la capacidad del autor para defender a ultranza, pero sin ruido ni estridencias, los valores universales del respeto o la tolerancia. No hay lugar para la amargura, no hay lugar para los reproches. Este es el texto de un hombre que se encuentra en paz consigo mismo y con su propia historia, y que reconoce "este libro es en cierta manera una recopilación de desagravios y lamentaciones, un intento de apaciguar desasosiegos y cauterizar heridas".

El libro se divide en cuatro partes. En el primero de ellos, "Memoria", los recuerdos de Pitol reservan al lector muchas sorpresas agradables, nacidas muchas de ellas del inveterado optimismo del propio autor.

Casi al principio del libro, por ejemplo, el retrato de una Venecia que el autor tiene que ver distorsionada: sufre de un defecto de visión y ha perdido sus gafas. Del contratiempo saca Pitol un motivo de regocijo: "Veía y no veía -escribe- captaba fragmentos de una realidad mutable (...) A medida que la niebla velaba aún más la visión de palacios, puentes y plazas, mi felicidad crecía".

Es el descubrimiento de una realidad distinta, de una realidad sólo asequble a aquellos que se den la oportunidad de ver las cosas de un modo que no tiene por qué ser el habitual. Contemplar Venecia sin gafas es un modo de abordar la realidad desde otro ángulo, y preguntarse al fin cuál de las dos visiones (la distorsionada o la que aceptamos como real) puede considerarse mejor.

Es el propio Pitol quien resuelve el dilema: "Todos los tiempos son en el fondo un tiempo único. Venecia comprende y está comprendida en todas las ciudades (...) Cada uno de nosotros es todos los hombres (... ) y sólo Venecia, con su absoluta individualidad, iba a revelarle ese secreto"

Si a lo largo de las páginas las menciones a otros autores son interminables (de Borges a Gombrowitz, de María Zambrano a Carlos Fuentes, de Shakespeare a Cervantes...), en la tercera parte del libro, "Lecturas", Sergio Pitol se centra definitivamente en las obras de otros maestros: se trata de una serie de ocho ensayos literarios sobre distintas obras de autores diferentes, que revela más a un excelente lector que a un crítico a secas.

Pitol pretende ir mucho más allá de la crítica literaria: su intención no es la de diseccionar un libro, sino sencillamente comprenderlo y hacerlo comprensible, entender a sus personajes, justificar los motivos que los impulsan a actuar y, sobre todo, demostrar por qué razón los grandes son grandes. Lo cual, viniendo de alguien que también ejerce el oficio de escritor, es una muestra más de la inmensa generosidad de Sergio Pitol
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