27.9.20

Cesar Martín. No Me Judas Satanás "Los Soprano" Popular1 Número Núm 516 Enero 2017



Para quienes hemos crecido leyendo la Popular 1: la publicación de dos tomos recopilatorios (de los cuales participo con un prólogo junto a un par de compañeros de camino) de muchos de los míticos No me Judas Satanás !! escritos por César Martín durante más de cuatro décadas.


Obviamente, el manjar promete ser jugoso. Ahí estarán todos esos intensos e incendiarios escritos sobre Houdini, Howard Hughes, Joan Crawford, Bette Davis, Frank Sinatra, Errol Flynn o John Waters (más alguna sorpresa nueva) que pudimos disfrutar en su momento en la revista.

Una puta maravilla. Porque la prosa de César es adictiva. Sólo recuerdo una voz durante mi adolescencia que se introdujera tanto en mi cerebro como la suya: la de Holden Caulfield; el personaje de El guardián entre el centeno. Probablemente porque no ha sido nunca un periodista y mucho menos un crítico. Es un salvaje. Un apasionado que ha conseguido, sin perder ni su intimidad ni su cordura, siendo fiel a sí mismo y ácido cuando correspondía o la situación lo demandaba, casi que convertirse en el colega (imaginario) de todos los que leemos. 

De hecho, ese ha sido uno de sus grandes méritos como articulista: que, a pesar de ser extremadamente profesional y no faltar nunca a su cita con sus lectores, (¿ha enfermado alguna vez?), siempre ha escrito con espíritu amateur; con extrema perspicacia y talento, sí, pero sin perder de vista su corazón de fan. 

Algo que lo ha diferenciado de todos esos acomplejados críticos con ínfulas de escritores o profesores universitarios que abundan en la prensa musical española y ha provocado que sus lectores se hayan alistado tradicionalmente en dos bandos bien diferenciados: cómplices que lo aman y fanáticos que lo odian muy posiblemente porque necesitan analizarlo y diseccionarlo todo y son incapaces de comprender la pasión con la que este killer habla de un combate de boxeo de Muhammad Ali, un filme antiguo de John Huston, la potencia vocal de Ronnie James Dio, la manera de gesticular de Tony Soprano, la belleza de la chaqueta que Nicholas Gage vestía en Corazón Salvaje o el día en que Ozzy Osbourne se bebió dos botella de whisky de un solo trago. Las cosas, en definitiva, que (quien quiera o pueda entender que entienda) verdaderamente importan.


De todas formas, sí me gustaría aclarar algo. Habrá quienes piensen, al leer estos textos, que los No Me Judas!! fueron siempre tan potentes como su contenido refleja. Pero esto no es exactamente así. La evolución de la sección fue parecida a la de bandas como T. Rex o los Stones y series como Los Soprano.


Ahora mismo estoy revisando por segunda vez la serie de David Chase y, aunque he disfrutado de las dos primeras temporadas, creo que hasta la tercera no comienza a encaminarse hacia el cielo. No agarra esa autopista de demolición que convierte cada episodio en una bomba de relojería. 

Esto también ocurrió con No me Judas!!!. César era casi un crío cuando empezó a escribir en ella y, supongo que necesitado de adquirir confianza, al principio, era una recopilación de noticias. Así que soltaba dos o tres típicas palabras de chico malo, saludaba a los lectores y se dedicaba a contar cotilleos que, eso sí, en 1984, (tiempos en los que no existía internet), eran sumamente valiosos para el público rockero. 
 

Lo importante, a fin de cuentas, es que, entre fechas de publicación de próximos discos, datos sobre productores y conciertos, las clásicas e imberbes bobadas e imbecilidades y algún que otro insulto a la estrellita pop de turno, como quien no quiere la cosa, iba dejando muestras de su ingenio. Apareciendo su carismática personalidad. Era obvio que aquel muchacho no era un periodista más porque, en vez de dedicarse a proferir una serie de datos como un robot, lograba que su página fuera chispeante. Una gamberrada. Pero, ciertamente, aún se encontraba muy verde y no empezó a soltarse hasta bastante tiempo después. Bien pasado el ecuador de los 80. En concreto, en un mítico año para el metal: 1987. Recuerdo exactamente el momento en que percibí aquello en lo que podía convertirse 

No me Judas Satanás. Sin ton ni son, rompiendo todas las reglas habituales del periodismo, César confesó al principio de uno de ellos sentirse asqueado. Deprimido. Parecía, sí, pasar por la típica crisis existencial adolescente. Pero, en vez de soltar el berrinche habitual, fue capaz de canalizar su tristeza realizando una hermosa despedida a Jaco Pastorius. Un texto real donde se condolía sinceramente por la falta de empatía demostrada por el mundo de la música con el mítico bajista de Weather Report. Un hombre desahuciado al que prácticamente nadie había ayudado y que había sido devorado por su inmenso talento y escasa habilidad práctica. Una víctima del rock and roll.

A partir de aquello, algo cambió en los No me Judas!!. César cada vez daba menos información. Se percibía que ya no se sentía del todo cómodo en su papel tradicional e introducía en ellos constantemente opiniones personales sobre artistas como John Coltrane o Georgia Satellites o sus experiencias en ciudades como Nueva York que ocupaban prácticamente todo el espacio. En realidad, la razón por la que la sección no crecía no era tanto el atrevimiento o la osadía. Por aquel entonces, César ya se había erigido en el azote de las censoras y los niños pijos en el Correo. 

César Martín

Había más fuego en las Lineas ácidas y el Apéndice del Popu que en el coño de Traci Lords y el pene de John Holmes juntos. Pero todavía le costaba encontrar un medio adecuado para expresarse con total libertad sobre sus pasiones sin tener que recurrir a la actualidad, los viajes o ayudarse de las inquietudes y preguntas de las cartas de los lectores. 

Aquellos No me Judas además, constaban tan sólo de una hoja y era tradicional que los terminara, aludiendo a la falta de espacio. Una rémora que, conforme maduraba su estilo, fue superando. Unos pocos meses más tarde de su mágica alusión a Pastorius ya tenía un par de páginas a su disposición; poco después, tres; y finalmente, cuatro o incluso cinco o seis. Un hecho que habla bien a las claras de la importancia que tomó la sección; la cual empezó a despegar totalmente con sus geniales textos sobre Spinal Tap, Robert Johnson y Charlie Manson y alcanzó su velocidad de crucero cuando escribió una gloriosa trilogía dedicada a los excesos cometidos por Led zeppelin, Aerosmith y The Beach Boys y un impresionante artículo sobre las paranoias y disparates protagonizados por el Elvis de los 70. 

Una velocidad que, en realidad, nunca ha perdido desde aquel momento porque, aunque en las últimas dos décadas, César ha llegado a tomarse descansos de varios años entre un No me Judas!! y otro, cuando ha vuelto publicar uno nuevo, ha sido, por lo general, tan intenso (basta echar un vistazo al último que le dedicó a Bruce Lee hace unos meses) como los escritos durante una época en que no se concebía la revista sin esa sección.

En realidad, seamos claros, otros periodistas españoles habían hablado previamente de muchos de los temas a los que se refería César Martín, pero prácticamente ninguno con su perspectiva y crudeza; con ese toque gamberro, iconoclasta y divertido. En muchas de las revistas de su entorno, el redactor se tomaba demasiado en serio a sí mismo y, por consiguiente, sus artículos olían a página cultural de periódico, a capítulo de libro universitario o a trabajo rutinario y alimenticio. Algo que, en ningún caso, ocurría con los No me Judas!!. Para empezar, porque los padres de César eran sus jefes y, obviamente, no lo iban a despedir. Así que básicamente, aquel muchacho se sentía en total libertad de explorar los aspectos que más le interesaban de los actores, grupos musicales y cómicos que abordaba. Si tenía que incidir en las drogas que tomaban o las mamadas que recibían (o daban), lo hacía sin ningún miramiento.

Y también se comportaba del mismo modo si tan sólo le apetecía centrarse en su faceta artística. En cualquier caso, su ventaja es que no tenía frenos, límites ni posibilidad de ser censurado. Por lo tanto, en el punto justo del camino donde la mitad de sus colegas echaban el freno, era justo donde él comenzaba a escribir y el arcén donde la otra mitad se paraba a reflexionar en las consecuencias de sus actos, le servía de lanzadera para impulsarse hacia delante sin pensar, por supuesto, ni por asomo en el lector medio sino en su propio placer. 

Y, como consecuencia de ello, nos legó una infinidad de maravillosos, divertidísimos y osados textos en los que, asimismo, me gustaría destacar que, a diferencia de lo que tanto las tropas actuales de moralistas como las revistas sensacionalistas acostumbran a realizar, ponía de relieve las bajezas de los personajes que abordaba no para defenestrarlos ni realizar juicios sobre ellos sino para trazar un retrato lo más verídico posible de su compleja personalidad. Lograr humanizarlos y que sus admiradores pudiéramos comprenderlos en toda su dimensión. Ante todo, porque esos problemas, taras y vicios que los acompañaron durante toda su vida quedaron reflejados en sus creaciones. Eran parte indisoluble de su obra (véase el ejemplo de Brian Wilson) y fueron, en cierto sentido, motor y sello de su genialidad.

Terminando ya, me gustaría subrayar dos aspectos por los que todo lector de avería debería hacerse con este mágico libro; (alguno de cuyos ejemplares imagino que, con el paso de los años, acabará siendo comprado por algún lector despistado del Popu en una de esas deliciosas librerías de segunda mano de Nueva York). 

En primer lugar, algo evidente después de todo lo apuntado: que no es habitual encontrar artículos tan fuera de la ley como los allí escritos. Creo sinceramente que para hallarlos, habría que bucear bien profundo en la prensa norteamericana de otras décadas, en jocosas revistas paródicas del tipo de Mondo Brutto o en las páginas de biografías rockeras llenas precisamente de todo tipo de carnaza y anzuelos para engatusar a un público ávido de conocer todo lo relacionado con sus héroes. 

Y, en segundo lugar, que estoy convencido de que la mayoría de los que lean esos artículos, terminarán antes o después releyéndolos. Yo al menos cada vez que me aproximo a ellos, encuentro un detalle nuevo y siempre que los reviso, siento la misma fascinación que la primera vez. No me canso de rememorarlos, como tampoco lo hago de regresar a algunos de mis discos favoritos: Lodger, Exile on main street, Screamadelica, Swordfishtrombones o Heritage. Básicamente, porque, como ya he dejado dicho a lo largo de ese amplio y largo avería, son sumamente adictivos. Droga pura. A mí al menos me siguen golpeando tan duro como la primera vez que los leí y me es inevitable referirme a ellos con idéntica pasión con la que fueron escritos.

Poco más tengo que decir. Quien ya haya leído esos textos, entiendo que debe saber de antemano que el libro que los contiene, nace con vocación de libro de culto. Está destinado a ello. Y, por otra parte, a quien no los haya frecuentado hasta ahora, sólo puedo sugerirle que se prepare para cualquier cosa. En realidad, lo crea o no, algo en su vida posiblemente esté a punto de cambiar y no exista para él vuelta atrás de este viaje. Por cierto. ¡Bienvenidos a averíadepollos de nuevo! ¡Volvemos a volar en la .alfombra!  Shalam.


 


 MERCADER

Lectulandia

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