El caso de Marcel Schwob es bien curioso y divertido y seguramente le divertiría a él mismo, hombre de tanto humor que llegó a viajar a Samoa a ver la tumba de Stevenson y cuando llegó a la isla, después de un azaroso y largo trayecto en barco, dio una mínima vuelta por allí y, según él mismo relató en carta a Marguerite Moreno, vio gente desconcertante y, además, unos hermanos maristas muy sucios y acabó huyendo de allí, no viendo nunca la tumba.
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27.3.20
Marcel Schwob "Viaje hacia Samoa" 2011. Prólogo Vila-Matas
Aparenta ser Marcel Schwob (Chaville, 1867-París, 1905) un autor menor. Pero no hay que olvidar que las apariencias se las pasó siempre por el forro, porque fue maestro en fugas y experto en desertar de cualquier aire estable. "Conténtate con toda apariencia. Pero abandónala y no te des la vuelta", escribe en El libro de Monelle. Así, por lo visto, actuó toda la vida. Malas lenguas comentaban que era un hombre muy móvil, pues se le veía por un instante de una forma, pero enseguida pasaba a ser distinto, visible y diferente desde otro ángulo y otro lado, y así iba moviéndose sin parar, hasta que doblaba cualquier esquina. Dejó París, un día, para irse en largo viaje a las islas Samoa, en el Pacífico Sur, entre Hawai y Nueva Zelanda. Se fue a ver la tumba de su admirado Stevenson y, cuando volvió, jamás se había visto a alguien tan cambiado, y todo el mundo vio en Schwob a un hombre ya sin apariencia.
26.3.20
Marcel Schwob "Cuentos completos"
Toda la obra de ficción de Marcel Schwob se publicó en apenas cinco años –desde la aparición de Corazón doble (1891) a La cruzada de los niños (1896), si dejamos a un lado «La estrella de madera», escrito con gran esfuerzo durante la desconocida enfermedad que puso fin a su trabajo–. En pocas ocasiones una obra tan breve y escrita en un plazo de tiempo tan corto ha elevado a su autor al rango de escritor excepcional, original y único: Schwob inventa un género que no podía tener discípulos dada su singularidad y, con ese vaivén entre lo imaginario y lo erudito, entre lo novelesco y lo real, prepara el camino a lo que, avanzado el siglo xx, terminaría siendo el «realismo mágico».
Enrique Vila-Matas: Marcel Schwob “La flauta”
Marcel Schwob fue alguien desde joven conmocionado por la lectura de La isla del tesoro, de Stevenson, y posteriormente por los otros libros de este autor, con el que llegó a intercambiar una breve correspondencia. La isla del tesoro fue un libro que le impresionó como nada antes lo había hecho, lo leyó bajo la luz vacilante de una lámpara de ferrocarril: “Los cristales del vagón se teñían del rojo de la aurora meridional cuando desperté del sueño de mi libro. Como Jim Hawkins tenía ahí ante mis ojos a John Silver y su botella de ron”.
Enrique Vila-Matas.
27.12.16
Marcel Schwob "El libro de Monelle"
En su juventud, Marcel Schwob mantuvo una intensa y profunda relación con una joven prostituta de un barrio obrero, Louise, que sería el amor de su vida. El libro de Monelle fue escrito a partir del profundo dolor que le provocó su muerte en 1893. Más que una narración, nos encontramos con una colección de hermosos cuentos, a veces inquietantes, siempre vitales, escritos desde lo más profundo. Unos textos repletos de bellísimas sentencias poéticas. Un libro que merece ser asimilado desde el corazón.
2.11.16
Enrique Vila-Matas: Marcel Schwob "Vidas imaginarias & La cruzada de los niños"
Como aquel español que por la virtud de unos libros llegó a ser «don Quijote», Schwob, antes de ejercer y enriquecer la literatura, fue un maravillado lector. Le tocó en suerte Francia, el más literario de los países. Le tocó en suerte el siglo XIX, que no desmerecía del anterior (...) Sus Vidas imaginarias datan de 1896.
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