Me acuerdo de la intensidad con la que seguí muchas de las escenas de los primeros capítulos y de mi felicidad al descubrir que todas tenían entidad propia, un interés por sí solas. Me di cuenta de que si, en lugar de una serie, Mad Men hubiera sido una monumental novela, se habría podido decir de ella que estaba compuesta por unidades de cuentos, por fragmentos que a su vez estaban formados por instantes intensos.