Lugar de reunión de intelectuales o discoteca de niños pijos? ¿La Barcelona tardofranquista o un pedacito de Europa en la calle Muntaner? ¿Copeteo y promiscuidad o la búsqueda de una libertad que no existía en la calle? En una palabra: Bocaccio, el lugar donde había que estar si se era alguien en Barcelona, punto de reunión de la gente guapa, con largas colas en la entrada de anhelantes por codearse aquella noche con lo más granado de la ciudad. Bocaccio, donde la corbata era obligatoria y bastaba sacar un cigarrillo para que el camarero más cercano se aprestara a encenderlo, ha quedado para la historia como un punto de reunión de la intelectualidad barcelonesa de finales de los años 60 y principios de los 70, un colectivo que el periodista Joan de Sagarra bautizó para bien y para mal como la gauche divine.